14 Oct

 

EL ÚLTIMO GRAN PROFETA

 

Mahoma fue un profeta, pero jamás hizo milagros. No fue un místico; no poseía una educación formal; no

 

inició su misión hasta que cumplió los cuarenta años. Cuando anunció que era el Mensajero de Dios, portador

 

de la palabra de la religión verdadera, fue ridiculizado y tachado de lunático. Los niños se burlaban de él, y las

 

mujeres le arrojaban basura. Fue desterrado de su ciudad natal, La Meca, y sus seguidores privados de sus

 

bienes mundanos y enviados al desierto, tras él. Después de haber predicado durante diez años no tenía nada

 

que mostrar excepto destierro, pobreza y ridículo. Sin embargo, antes de que otros diez años transcurrieran, se

 

había convertido en el dictador de toda Arabia, en gobernante de La Meca, y en la cabeza de un nuevo mundo

 

religioso que, con el tiempo, se extendería hasta el Danubio y los Pirineos, antes de agotar el impulso que él le

 

proporcionó. Ese impulso fue de tres clases: el poder de las palabras, la eficacia de la oración y el parentesco

 

del hombre con Dios.

 

Su carrera nunca tuvo sentido. Mahoma nació de miembros empobrecidos de una familia dirigente de La

 

Meca. Como quiera que La Meca era cruce de caminos del mundo, hogar de la piedra mágica llamada la

 

Caaba, gran ciudad comercial, centro de las rutas de caravanas y no muy saludable, los niños eran enviados al

 

desierto, a que fueran criados por los beduinos. De ese modo, Mahoma fue alimentado y obtuvo fortaleza y

 

salud de la leche de madres nómadas y experimentadas. Atendió a las ovejas y no tardó en ser contratado por

 

una viuda rica como jefe de sus caravanas. Viajó a todas las partes del mundo oriental, habló con muchos

 

hombres de diversas creencias y observó el declive de la cristiandad en sectas que guerreaban las unas contra

 

las otras. Cuando tenía veintiocho años, Khadija, la viuda, lo miró con favor y se casó con él. El padre de ella

 

se hubiera opuesto a ese matrimonio, así que ella lo emborrachó y logró que diera la bendición paterna.

 

Durante los doce años siguientes, Mahoma vivió como un rico comerciante, respetado y muy astuto. Luego

 

empezó a deambular por el desierto, y un buen día regresó con el primer verso del Corán, y le dijo a Khadija

 

que el arcángel Gabriel se le había aparecido y le había dicho que él iba a ser el Mensajero de Dios.

 

El Corán, la palabra revelada por Dios, fue lo más cercano a un milagro que Mahoma hizo en toda su vida.

 

No había sido poeta; no tenía el don de la palabra. Y, sin embargo, los versos del Corán, tal y como él los

 

recibió y los recitó con toda fidelidad, eran mejores que cualesquiera versos que los poetas profesionales de

 

las tribus pudieran producir. Eso fue un verdadero milagro para los árabes. Para ellos, el don de la palabra era

 

el mayor don, el poeta era todopoderoso. Además, el Corán decía que todos los hombres eran iguales ante

 

Dios, que el mundo debía ser un estado democrático, el Islam. Esta herejía política, más el deseo de Mahoma

 

de destruir los 360 ídolos existentes en la plaza de la Caaba, fue lo que le ganó el destierro. Los ídolos atraían

 

a las tribus del desierto a La Meca, y eso significaba comercio. Así que los hombres de negocios de La Meca,

 

los capitalistas, de los que él mismo había formado parte, se echaron sobre Mahoma. Entonces se retiró al

 

desierto y demandó la soberanía sobre el mundo entero.

 

El auge del Islam comenzó. Del desierto surgió una llamarada que no se extinguiría: un ejército democrático

 

luchando como una unidad y preparado a morir sin pestañear. Mahoma había invitado a judíos y a cristianos a

 

unírsele, porque él no estaba creando una nueva religión. Estaba llamando a todos aquellos que creían en un

 

solo Dios a unirse en una sola fe. Si los judíos y los cristianos hubieran aceptado su invitación, el Islam hubiese

 

conquistado el mundo entero. Pero no fue así. Ni siquiera aceptaron la innovación de Mahoma de introducir la

 

guerra humana. Cuando los ejércitos del profeta entraron en Jerusalén, no mataron a una sola persona a

 

causa de su fe. En cambio, cuando los cruzados entraron en la Ciudad Santa, varios siglos más tarde, no le fue

 

perdonada la vida a ningún musulmán, fuera hombre, mujer o niño. Los cristianos, no obstante, aceptaron una

 

idea musulmana: el lugar de aprendizaje, la universidad.

T.Sugrue. 

YA RABYA RAB

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: